
Érase una vez un niño llamado Ned que tenía un poder sobrenatural. Podía revivir las cosas muertas tocándolas, y viceversa. Al principio, esto conllevaba una buena perspectiva, pues resucitó a su perro que acababa de ser atropellado y devolvió la vida a su madre cuando un buen día ésta se hubo desplomado en el suelo de la cocina. Era un don maravilloso.
Pero tenía sus pegas: un minuto después de devolver vida, algo tenía que morir a cambio. Y una vez revivido, no podía volver a tocarlo. Primer toque: resucitado. Segundo toque: muerto... para siempre.

Y Ned creció y aprendió a evitar el contacto con las personas. Se gana la vida con una pastelería y preguntándole a los cadáveres de la morgue quién les mató para cobrar la recompensa. Hasta que abre un ataúd para preguntarle a su antiguo amor quién le había asesinado. Ned fue en contra de todos sus principios y, cuando tocó a la bella durmiente, decidió no volver a ponerle un dedo encima.
Así comienza la historia de Pushing Daisies, un cuento de hadas de lo más amelista donde los colores chillones y el vestuario años cincuenta esconden una irónica tragedia: ¿qué pasaría si tuvieras el control de la vida y de la muerte? ¿Y si no pudieras tocar a la persona que amas porque le quitarías la vida?
Me pasaron los capítulos el otro día y he buscado el nombre de Tim Burton en los créditos, pero no está. Desde luego, no se cortan nada a la hora de hacer homenajes. En muchas escenas hace alusión a Big Fish y Sleepy Hollow o ponen la fuente de letra de Nightmare Before Christmas en los créditos e incluso en el juego entre realismo crudo y Arcadia feliz, Burton está por todas partes.
No me molesta para nada, la verdad. El guión es original, dentro de lo que cabe, y los personajes tienen actores a su altura. Os la recomiendo.





