Cuando cayó la tarde, el joven David llegó a su casa y vio a Elena esperando en el porche. Dudó, tembló y agonizó unos segundos. Finalmente, tragó saliva y se acercó a ella con una sonrisa en la cara. A Elena le encantaba su sonrisa, y él lo sabía.
—Buenas tardes, vecina.
—Hola, David —, respondió ella sin mucho entusiasmo.
—Vaya cara traes. ¿Qué pasa?
—Yo… ya sé que no es asunto mío, pero…—, y se quedó callada.
David se sentó en el escalón a su lado y le cogió la mano.
—Eh, soy yo, tu amigo. Sabes que podemos hablar de todo.
—Sí… bueno, es que esta mañana he leído algo en el periódico y no sabía cómo tomármelo.
Elena se atusó un mechón de pelo, nerviosa, y rehuía la mirada de David. Éste le pidió que le contase lo que había leído y le aseguró que no pasaba nada. Ella le pasó el recorte para que lo leyera él mismo. Era un breve recordatorio de un incendio en el que murieron varias familias que había tenido lugar veinte años atrás. Se mencionaban algunos nombres.
—Tu apellido… está ahí. Dice que Martina y Blas Belerofonte murieron en ese incendio. ¿No... te parece raro? —, fue todo lo que Laura pudo decir.
—Venga, mujer, ¿me estás diciendo que éstos de aquí son mis padres? —, rió David devolviéndole el papel—. Me conoces desde hace años. Sabes que mis padres viven en Madrid y que me he criado con institutrices. ¿A qué viene esto?
Elena le miró como si hubiera contado un chiste negro en medio de un funeral. No quería creer que David le estaba mintiendo. ¿Por qué mentiría a su mejor amiga sobre su pasado? Aunque aparentemente no tenía motivos para inventarse una historia tan increíble, ella no encontró ninguna razón para creerle. De repente, todo lo que Elena creía cierto se tambaleó, y experimentó algo muy cercano al miedo.
—No tienes por qué hablar del tema si no quieres. Pero tampoco me mientas, David —, le espetó, levantándose de un salto y dispuesta a marcharse.
— ¡Espera! —, le tocó la muñeca, sin fuerza, pero eso bastó para que ella se parase—. Elena, esto que dices no tiene ni pies ni cabeza. Y mi apellido no es tan peculiar como parece. En el norte se oye mucho. Esa familia del periódico también sería del norte. No le des más vueltas.
Sin notar cómo el chico se había movido, Elena se vio rodeada de los brazos de David, de su voz definida sin ser estridente, del olor de su piel, de la luz del sol reflejada en su pelo, de la red de telaraña de sus ojos, como una diminuta mosca.
Tal vez estaba exagerando al desconfiar de su mejor amigo por un tonto recorte de periódico. Era una casualidad. El mundo está lleno de casualidades.
—No le des más vueltas…
Elena no dijo más. No quería pensar en más barbaridades, no era necesario. En el fondo, sabía la verdad. Le devolvió el abrazo a David y no volvieron a hablar del tema.
El chico no quiso dejar de abrazarla hasta que las sombras y los recuerdos oscuros de una noche infernal desaparecieron de su semblante, siempre puro y sonriente.
"Todo había sido un problema de conexiones fallidas, de mala sincronización, de andar a ciegas. Siempre perdiendo la ocasión de encontrarnos por muy poco, siempre a unos centímetros de descubrirlo todo. A eso es a lo que se reduce la historia, creo. A una serie de oportunidades perdidas. Teníamos todas las piezas desde el principio, pero nadie supo encajarlas".
(Paul Auster, El Palacio de la Luna).